Una reflexión sobre los últimos incendios, la Asunción de la Virgen y el olvido de la Tierra como madre sagrada.

Llevo un tiempo apartada de las redes. De nuevo, estoy viviendo un proceso profundo.
Me río de esa idea que, a veces, circula por ahí, esa que dice que la espiritualidad es algo descafeinado: encender velas, vestirse de blanco y creerse un ser de luz.
Tal vez sea porque tengo a Plutón bien presente en mi carta natal —y eso imprime una forma particular de vivir los procesos—, pero lo cierto es que mi camino espiritual ha sido, y sigue siendo, profundamente transformador.
Y, como intuyo que ocurre también a muchas de vosotras, hay momentos que son incómodos, a veces dolorosos… pero que, inevitablemente, te llevan a un nuevo nivel de consciencia.
Hoy escribo porque estos días he sentido una tristeza profunda al ver las noticias: los incendios en España, las vidas que se han perdido, los bosques y animales arrasados por las llamas.
Y duele aún más saber que algunos de esos incendios han sido provocados por intereses egoístas, por personas capaces de destruir hectáreas enteras por beneficio propio.
Me pregunto:
¿Qué puede pasar por la mente de alguien para hacer algo así?
De verdad, esta sociedad necesita un replanteamiento radical.
Y no escribo hoy por casualidad.
Es 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen María.
Según la tradición, la madre de Jesús fue elevada al cielo al final de su vida, en cuerpo y alma.
De nuevo, aparece esa idea de que lo divino habita en el reino celestial, allá arriba.
Puedes ser una persona religiosa o no, pero lo que sí somos todas y todos es herederas y herederos de un constructo que ha sido asumido como base cultural en nuestra sociedad.
El año pasado, en este mismo día, compartí esta reflexión:
📖 Llewellyn Vaughan-Lee, en su libro “El retorno de la feminidad sagrada y el alma del mundo”, escribe:
“Al desterrar a Dios a los cielos, perdimos el contacto con lo divino de la Tierra y sus múltiples formas de vida, con el desequilibrio que eso conlleva…”
Y sí.
Vivimos en una cultura que ha separado lo espiritual de lo físico, lo celestial de lo terrenal.
La materia dejó de ser sagrada.
Olvidamos que madre viene de mater, y que el mundo físico y el espiritual no están separados.
La vida —toda ella— es sagrada: los árboles, los animales, las montañas, los ríos…
Todos formamos parte de la misma Unidad, de la gran totalidad de la existencia.
La Tierra no está aquí para ser explotada sin medida, sino para acogernos en esta experiencia humana que compartimos con todos los seres que la habitan.
Nos enseñaron que el cielo era la recompensa, el premio final si te portabas bien.
Una forma de manipularnos y someternos.
Pero…
¿y qué pasa con toda la vida sagrada que habita aquí, en la Tierra?
