Virgen y romerías, siguiendo las huellas de la Diosa ancestral

Ocultos a plena vista se hayan sus símbolos para quien sepa mirar.

En agosto estuve por tercera vez en Ávalon, Glanstonbury, un lugar muy especial donde el culto al femenino aún sigue vigente. Algún día, hablaré de él y de todo lo que ha supuesto para mí reencontrarme con aquellas tierras.

Hace ya diez años que sentí el llamado de la Diosa. Estaba en Viena cuando escuché hablar de la Venus de Willendorf que se encuentra en el Museo de Historia Natural y entonces, un escalofrío atravesó todo mi cuerpo. A raíz de de ese momento, una serie de sincronicidades me llevaron a Ella, aunque de forma inconsciente siempre había estado presente en mi vida.

Quiero aclarar que no soy un persona religiosa y que lo que escribo tiene que ver con mi sentir, con lo que he leído y con la forma en la yo interpreto los símbolos. Es decir, es algo subjetivo, no la verdad.

Estoy convencida de que sí hubo un momento en el que el femenino también era sagrado. Aunque se conservan pocos documentos escritos, al final es como si se tratara de un puzle que entre todas y, por qué no, todos los que se sientan atraídos, debemos armar.

Septiembre es un mes mariano y María, al fin y al cabo, es la representación que el  catolicismo nos ha dejado del culto a lo femenino. Acababa de llegar de Ávalon y viviendo en el sur de España, escuchaba hablar de novenas. Siempre lo había oído pero, en este momento, me llamó más la atención, nueve… como número femenino. Nueve meses de embarazo… De hecho, lo que estos días se está celebrando es el nacimiento de María después de nueve meses desde la Inmaculada Concepción, el ocho de diciembre. 

Se trata de un mes de fiestas patronales y esto me hace gracia. Según el diccionario, patrona es una palabra femenina que significa «protectora» o «defensora» y que proviene de la raíz «pater» (encontramos ese eco patriarcal). ¿No sería más justo que nos refiriéramos a Ella con algún término que proviniera de «mater«? Al fin y al cabo, María, madre de Jesús, es la puerta de entrada por la que encarna lo divino. No olvidemos que todo ser vivo proviene de una madre. Ahí lo dejo.

No obstante, a pesar de que el patriarcado relegó todo lo femenino a un segundo plano y lo despojó de su sacralidad, el catolicismo que para mí siguió la estrategia política de Roma y, al que separo del cristianismo primitivo, acabó adoptando muchas de las fiestas paganas que el pueblo celebraba y las fueron adaptando al nuevo credo.

Aún así, el pueblo sigue manteniendo viva estas costumbres ya sea por un sentir auténtico o simplemente por tradición. Estas fiestas patronales de la Virgen, por lo menos las que conozco en el sur, terminan en un día de romería que se celebran en el campo y que, de alguna manera, suele coincidir con ciertos momentos cruciales en el calendario, como ahora, el equinnocio de otoño. Comida y bebida compartida, flores, los animales de labor y la ofrenda de los frutos.

Y es que en casi todas las culturas lo femenino ha sido inseparable de la naturaleza y sus ciclos. La Pachamama andina, o Deméter, la diosa griega que, cada vez que su hija Perséfone bajaba el inframundo con Hades, dejaba la tierra dormida: eran los meses de invierno. Actualmente, las tradiciones neopaganas usan la Rueda del año que representa el ciclo de la naturaleza y que se relaciona con una cara o aspecto del divino femenino.

Todo esto, de alguna manera, sigue siendo una manera de volver a sintonizarnos con el ritmo de la tierra, algo tan importante y tan urgente en una sociedad tan desconectada como la nuestra. Y es que la Diosa no desapareció sino que se vistió con otros nombres. Sus símbolos siguen ahí, ocultos a plena vista, esperando a ser reconocidos.